#4. Fisgón a medianoche



El resuello de un descanso profundo orquestaba la habitación de un inofensivo individuo tendido boca abajo y rozando el suelo con los dedos, pero ahí seguía la baba reseca en su mentón muestra clara de un sueño reparador. Aquellas largas horas de letargo llegaron a su fin con el repique de las campanas de la iglesia de Santa María. Tesifonte se despertó desorientado, confuso por las horas que eran, no obstante revitalizado al mismo tiempo. La habitación permanecía oscura, salvo por los rayos de luz que se abrían paso a través de las agrietadas hojas de la ventana. El incesante estruendo del campanario, el gentío por las calles y el molesto resplandor de la luz pronosticaban que al menos serían las once (o la hora del almuerzo). Recordó que entre sus quehaceres debía ver cómo había amanecido su caballo.


Levantado y con indudable pachorra se empapó el rostro, sobacos y los bajos, costumbre que no había que obviar jamás, siempre y cuando hubiese acceso a agua en ciertas condiciones de salubridad. Ya ataviado bajó a los establos con bastante parsimonia a ver como se encontraba el caballo. Al entrar se sorprendió al verlo de pie, aunque con el mismo pesar en sus ojos lo que no le causaba ninguna sorpresa. Tras acariciarlo un buen rato para que se relajase consiguió que se tumbase a duras penas. Tras retirarle el vendado, observó que la herida supuraba menos que antes, ningún punto parecía haber saltado, pero aun así sería larga la espera hasta que el animal se pudiese decir que estuviera sanado. El animal lo miraba insistentemente como si el dolor pudiese con él, no le quedaba otra que resignarse a que su nuevo dueño volviese a realizarle las curas pertinentes.


El salón era poco concurrido; gente humilde almorzando, unas más acompañadas y otras de paso. Tesifonte se sentó en una de las banquetas del fondo y esperó hasta que sorprendentemente hizo su aparición Gloria:


— Veo que el descanso en vos ha sido gratificante…

— No hay lugar para la queja quejarse cuando a uno le caen milagros del cielo –contestó el huésped con las manos inquietas sobre la mesa, esperando un copioso almuerzo– ¿no cree?

— Su merced es un poco embaucador, me parece a mí…

— Uno que ya es listo y sus carencias ha de cubrir.


Sus palabras se ganaron una bonita carcajada y agradecida por el comensal. Lástima que tuviese que abandonar Alicante ese mismo día porque sabía con certeza que aquella joven sería su ruina económica. Tras unos minutos ésta apareció con plato de gachas y una cantidad nada desdeñable de buen tocino, chorizos y alas de pollo bien asadas. En cuanto a los líquidos, lo más reseñable era la limonada y una jarra de agua del aljibe. Detestaba el vino nada más despertarse, por esta razón prefería acompañar en primer lugar su almuerzo con el cítrico, de temporada y purificadora para las tripas. Con la barriga bien hinchada y tras limpiarse las boceras se encaminó a la barra, solicitando consejo al marido y dueño de la posada sobre un herrero a buen precio por la zona para un caballo “pezuñoso”. Agradecido por la recomendación pagó el almuerzo y se despidió de la muchacha ante la cual, con mucho gusto, cumplió con una tímida reverencia.


Tras conducir al caballo, ahora más cojo que antes por la cirugía practicada la noche anterior, fueron a un herrero que con la época invernal tenía demasiado trabajo con los rumiantes y equinos para las labores agrícolas. Tras darle lo poco que le quedaba en la saca, Tesifonte que aunque ya había preparado toda la comida para el viaje, su último gasto le permitió conservar tan solo ocho maravedíes, lo justo para poder comprarse una jarra de vino y algún plato caliente. El chispero sorprendido por el estado deplorable del caballo miraba a su amo como si de verdad valiese la pena herrar a la bestia que tenía más pezuña en la tumba que de hacer un largo viaje. No fue rápido el proceso como cualquier caballo, aquel animal no le habían cambiado los herrajes desde hacía meses, ante la sorpresa del entendido que conversaba con el dueño de temas varios de la ciudad.


Con sumo cuidado fue rebajando el casco hasta identificar la ranilla, y proceder a un escofinado que más valdría de un arte que de un trabajo cualquiera. Al ver que el caballo pisaba bien preparó unas herraduras que le vinieron a la perfección y después del pago por tan brillante trabajo, Tesifonte se dedicó a acicalarlo y cepillarlo en la calle. Al animal se le veía algo más animado, se notaba que podía andar cómodo, aunque a su amo le preocupaba más su evolución. Paseó por el barrio de extramuros conocido como San Antón Por el camino de hacia Castilla. Dejaba atrás Alicante con un buen sabor de boca pero unas semanas frías y húmedas del carajo. Emprendió la marcha en dirección al Marquesado de Villena, por delante le quedaban varias jornadas, pero era lógico que con el estado del caballo se demoraría más.





Tras diez horas y varios parones para que el caballo descansase llegaron a pleno valle del río Vinalopó, de cauce estrecho, poca agua de sabor a cal, pero limpia dentro de lo que cabía. El viajero debía hacer un pequeño descanso ya entrada la noche dadas las circunstancias. Pocas monedas disponía en la saca por lo que decidió guardarlas y aquella noche dormir al raso, eso sí, caminó durante media hora hasta encontrar una zona perfecta para pasar la noche. Decidió entonces bordear el camino y situar su acampada en la conocida como Sierra del Caballo. Una zona donde los pinares y algunos árboles mediterráneos hacían de cobertura boscosa, lo suficiente para evitar la dura embestida del frío que asolaba las carnes de cualquiera que anduviese al raso.


Eligió un lugar un tanto elevado donde podía ver dos pueblos pequeños, alumbrados por antorchas que casi entrando la madrugada comenzaban a alumbrar lo poco que las llamas permitía de discernir entre toda la oscuridad de la noche. Tesifonte abrigado y caldeando su espíritu con un poco lumbre se quedó absorto durante un buen rato en el horizonte donde distinguía dos pequeñas poblaciones en la cercanía. Ambas muy próximas entre sí. Una de ellas le hacían llamar Idella, nombre conocido entre los antiguos moros que la habitaban y que siguió heredando el mencionado topónimo. Un pueblo que no llegaba a las dos mil almas y poseía un pequeño castillo nada despreciable compuesto por varias torres y una muralla que lo circundaba, a lo alto de una colina adornada de mampostería. Se veía con mucha vitalidad la fortificación puesto que alguna antorcha asomaba en lo alto, lo que decía que su señor yacía en su cama como cual amo en su hogar. A la que llamaban Petrel, la más cercana a la vista del protagonista, con más de mil almas en sus calles parecía tener más un fortín de guarnición que un alcázar de un gran señor. Hecho de pura mampostería y un diseño totalmente angular destacaba su modesta torre del homenaje. Lo cierto es que su aspecto recogido lo hacía más atractivo, junto al camino que atravesaba las afueras de la medina y las colinas de las sierras ofrecía una vista excepcional. Lo bonito de aquella fortificación como la mayoría de fortalezas del antiguo reinado moro era su iluminación. Se podía ver hasta el más mínimo detalle de la estructura y más cuando justo a sus pies se extendía toda la medina hacia el llano. No cabía duda alguna que gozaba de unas vistas inigualables de aquel bonito valle que, pese a las ásperas condiciones del crepúsculo, rodearse de una buena arboleda típica de la tierra mediterránea le ayudaba a no congelarse. Sabía desde pequeño que aquella era una zona seca, de poca lluvia al año, y árboles de madera gruesa para evitar la sequía. Conocía por boca de otras gentes que al sur del Reino de Valencia existía un gran porcentaje de moriscos, empleados como pastores, la hortofruticultura y un excepcional arte de la marroquinería.


Terminó de beberse la leche que calentó previamente en un cazo mezclada con algo de miel y una naranja acompañado de mendrugo de pan. Observando a su caballo echado junto a la hoguera, decidió echarse recostado a su lomo para gozar del calor de la leña y la barrera que el animal hacía contra el aire. Allí pasó la noche ahorrándose las pocas monedas que le quedaban y con un viento gélido típico de un frío del que Tesifonte sufría en las batallas de Flandes, pero sin duda, aún más seco y desgarrador. Arropado por el abrigo y dos mantas, más la fogata, la esterillay el animal allí pasó la noche con unas vistas inigualables para cualquier viandante y que admiraba desde la lejanía intentando disfrutar de ella antes de dormir lamentándose no tener más peso en la saca para pasear por sus calles.


* * *


Tras perder el tiempo por las calles de Elda emprendió el camino a pasadas las tres de la tarde. Tenía previsto darle menos trabajo al caballo y hacer de esta una jornada más corta, sin embargo, su lentitud para empezar la marcha hizo que cuando a lo lejos divisaba las luminarias de lo que sería Villena percibió el cansancio de su corcel e hizo alto en el camino. En las inmediaciones todo era monte, sin embargo, consiguió ver cerca del camino un pareazo hundido. Tenía pinta de una casa de labriego destrozada por el paso de los años de techo hundido, pero aún con sus muros de tapial en pie, dejando ver el adobe y las piedras que lo formaban ante la falta de manos de cal durante años. Una chimenea llena de rastrojos y escombros pero al menos tenía la boca medio intacta. Tesifonte se aseguró que el resto del tejado no se caería, limpió algo el suelo por si alguna culebra se resguardaba entre las malas hierbas y colocó la esterilla dispuesto a pasar allí la noche. La única claridad, al igual que la noche anterior, era la de la luna y las estrellas, permitiéndole algo de luz para recoger a duras penas ramas y pajizos con los que encender una fuego de eslabón y pedernal y así encender una hoguera en condiciones. La noche empezaba a enfriarse demasiado y era obligación el dormir caliente al raso.


No se oía más que una cigarra al fondo y una brisa que mecía las ramas de los árboles que con el tiempo se habían metido dentro de la casa. Se respiraba tranquilidad, él miraba al suelo tranquilamente en tanto su compañero masticaba las hierbas y agua de un odre. Antes de cenar curó de nuevo la herida del equino, una vez que éste comió se recostó cerca de la lumbre y su dueño. La herida evolucionaba favorablemente, había empezado a cicatrizar de la mejor manera posible, por lo que el caballo estaba prácticamente salvado. Tras lavarse las manos agarró un mendrugo de pan, calentó un poco de sopa con unas pocas almendras, fideos, zanahorias y una patata, acompañado de un poco de mermelada, como siempre, y unos cuantos tragos de vino para entrar en calor. Tras la cena, ya con algo de sueño por el viaje recogió algo más de leña y avivó el fuego para que le aguantase unas cuantas horas, tapó al animal con una manta y él se acurrucó en su esterilla en una esquina alejado de la brisa y se tapó con todo lo que pudo.


A medianoche, sin tan siquiera haber disfrutado de un par de horas de sueño, aunque en épocas pasadas a Tesifonte le hubiese bastado, un estridente sonido lo despertó. No lograba escuchar nada y extrañado observó que su caballo también se espabiló. De nuevo lo volvió a escuchar; un disparo de mosquete en la lejanía. Sobresaltado escapó de las mantas como si no hubiese un mañana recogiéndolas y guardando todo lo dispuesto. Decidió apagar el fuego al escuchar los cascos de, al menos, varios corceles a la carrera. Con su daga empuñada se acercó sigilosamente entre la arboleda hasta situarse tras una maraña a un margen el camino, oculto en la oscuridad. Agazapado observaba como los caballos cada vez se acercaban más hasta que contempló la detonación de un mosquete en la distancia. Los jinetes parecía que estaban siendo perseguidos por alguien e iban dirección a Alicante. Cuando llegaron hasta su altura uno de ellos cayó fulminado mientras su compañero continuó el recorrido. Al rato dos hombres armados se detuvieron unos segundos al ver que uno de delincuentes había caído fulminado y permanecía inmóvil bocabajo, viendo su estado prefirieron seguir la marcha, tal vez, a la captura del compañero y volver más tarde.


Tesifonte no tenía duda que había fallecido. Inquieto a causa del misterio por la razón de aquella persecución, pero ninguno de ellos tenía pinta de ser miembros de la Santa Hermandad por lo que no sabía si eso era mejor o peor. Lo que si tenía claro, es que viendo los bajos recursos con los que contaba y el largo camino que tenía por delante y viendo el interés por atrapar a la pareja estaba decidido que, pese a estar muerto él se aprovecharía de las circunstancias; y así fue, tras percatarse que el sonido de los cascos de los caballos había desaparecido en la lejanía salió lentamente hasta la otra borde de la vía donde yacía el cadáver.

Con presteza se arrodilló y empezó a palpar sus ropajes hasta localizar una pequeña bolsita aterciopelada de monedas. Viendo que no era ninguna tontería la posibilidad de hallar algo más de valor dio la vuelta al cuerpo. Era un varón de mediana edad con una barba bien afeitada y de rostro cuidado, aunque con algo de tierra y magulladuras por la caída; un fino hilo de sangre corría lentamente. Aquel hombre todavía seguía vivo, aparentemente por el movimiento de sus ojos. Tesifonte observó la herida causada por aquel disparo que le traspasó el abdomen, causándole tanta impresión que no supo reaccionar con la empatía necesaria y siguió rebuscando entre sus pertenecías hasta que el herido se dispuso a tomar su daga de la cintura. El ladrón que andaba más rápido de reflejos que su adversario, sin más miramientos lo enganchó del cuello y apretó tan fuerte durante unos segundos que el cuerpo se revolvía en convulsiones de asfixia hasta que su mirada se tornó en un vacío infinito como el cielo estrellado al que ahora el difunto parecía contemplar. La sangre fría cosechada en años de batallas no fueron en vano para el corazón de cualquier hombre. Una vez inmóvil agarró la bolsa, sus botas y el abrigo que llevaba cuando se percató de algo brillante debajo del jubón. Al abrirle la camisa se distinguía un extraño collar, jamás había visto una joya así. Una especie de media luna muy lograda, de oro sin duda y cadena de plata. Lo que estaba claro es que ese oro valdría dinero, pero ya tendría tiempo para examinar su peso y pureza.


Tan atento estaba que, cuando se disponía a robarle la espada y el mosquete, volvió de nuevo a oír los cascos de los caballos. Evitando malgastar tiempo emprendió la marcha hasta su corcel. Aquellos dos desconocidos se detuvieron, bajando con calma de sus monturas. Para ese momento Tesifonte ya había conseguido cargarlo todo y desatar al caballo para emprender la marcha sin llamar la atención, pero su curiosidad terminó por desbaratar su huida. Intrigado por la muerte de aquel hombre quiso echar un último vistazo a los alrededores. Al asomar la cabeza por uno de los muros observó que uno de los perseguidores inspeccionaba con nerviosismo el cadáver, que al hallarlo sin botas ni capa y al retirarle el jubón comenzaron a mirar a los alrededores. Sabía que aquellos individuos no eran imbéciles y se percataron de la presencia de alguien más. Era imposible que unas botas y una capa desapareciesen de aquella manera. Aupados de nuevo la gran maestría de cagarla hizo que el caballo de Tesifonte relinchase, no siendo consciente este último de la que se avecinaba, imposible no escucharlo. El lamento del dueño y su nerviosismo al romper unas cuantas ramas a su vuelta alertó a los extraños visitantes. Consciente que con aquel caballo no llegaría muy lejos, lo encaró hacia el castillo de Villena con una fuerte manotada en la herida, el animal dolorido y ajusticiado por el grave error marchó al galope como pudo en línea recta a través de la espesura. Prefería perder el caballo a su vida, así que con suerte y zorrería éstos perseguirían al corcel. Tesifonte corrió en dirección contraria. Un disparo se oyó en las cercanías, próximo a su pescuezo. Aquellos bandidos de la noche no pecaban de tontos porque se dieron cuenta de la treta y se dirigieron en ambas direcciones tras los seres que se movían desde la casa como punto de partida. Se centraba en desplazarse de forma sinuosa entre los matorrales para despistar, en vano al ver que cada vez se aproximaban más. Tras cinco minutos de intensa carrera al desertor le costaba correr y la fatiga le hacía flaquear fuerzas. Sin más oportunidad que la de la inteligencia agarró un par de piedras y las lanzó unos segundos antes de introducirse de lleno, con gran rapidez y astucia, en el fondo de una maraña, tapándose los ojos para evitar clavarse una rama en los ojos. Parecía que las piedras habían despistado al jinete e intentado hacer el menor ruido posible se agazapó dentro del matorral con sumo cuidado, cubierto por su capa y daga entre las piernas. Así permaneció unos minutos, aguantando la respiración hasta que apareció el jinete merodeando la zona en busca de su rastro, tarea complicada por la oscuridad en pleno monte. Oculto observaba a su perseguidor a través de un pequeño hueco agujero de la capa. Aquel portaba un imponente equino además de una buena indumentaria. La espada de buen acero toledano daba la impresión de no ser un cualquiera y menos con la sangre fría con la que habían actuado momentos atrás, menos aún la precisión del disparo sobre la montura. Sin éxito aquel sujeto de rostro tapado siguió su marcha lenta. Continuó oculto al menos dos horas, por si las moscas. Fue entonces cuando continuó la marcha hacia Villena, intentando acercarse lo más posible a la ciudad a través de la espesa arboleda. Daba por perdido a su compañero y todas sus pertenecías, al menos conservaba la saca de dinero del difunto, su daga, algo de abrigo y aquel extraño colgante que ya los examinaría con calma llegada la mañana.


Alcanzado el límite con la tierra labrada no creía que estaba a menos de una hora andando hasta el Marquesado de Villena. Ya divisaba la emblemática ciudad amurallada y su castillo. Los soldados hacían guardia en la torre del homenaje y parte de la muralla. La ciudad se veía relativamente pequeña pero bien dispuesta. El recién consumado montaraz oyó los relatos de aquella villa y de los señores que la poseía. Estirpe de alta estima en Castilla y gran apoyo de los antiguos reyes. Tesifonte durante tantos años de guerra ni siquiera sabía quién ostentaba el actual título de Marqués de Villena, pero si era de oídas las andanzas de los grandes nobles y la importancia que tuvieron en la historia de estas tierras como fueron el padre Juan Pacheco, gran apoyo del rey Enrique IV y su hijo Diego López Pacheco, al que la historia le recordaba por traidor a la reina Isabel y apoyar a la Beltraneja que, junto a un extranjero como era Alfonso V de Portugal, invadió Castilla para hacerse con el trono. Aun así nunca dejaron de ser de enorme valor para los siguientes monarcas ni para el propio reino, como tampoco lo dejó de ser para la Corona de Aragón por marcar el límite con ella. Lo que si era cierto es que tanta relevancia tenía la extensión sus posesiones que la propia Villena recibió en 1525 el título de ciudad por el emperador Carlos, escasas localidades por la zona ostentaban ese galardón proporcionando singularidad a aquella pequeña ciudad rodeada de casas bajas encaladas y parcelas bien labradas. Los muros, al contrario que las dignas en cualquier lugar con título de ciudad, se les veía ruinosos, con pocas antorchas iluminándolos y escasa protección. Se desgastadas por el paso del tiempo, siquiera podría añadirse lo obsoletas que habían quedado en espacio, pues ya lucían los fuegos o ventanas de algunos hogares fuera ésta a los lados del camino pero no más que casas de labranza o pastoreo.


Exhausto aguardó al amanecer sentado en lo alto de una gruesa rama en lo alto del árbol, cubierto por su abrigo y acompañado de un cierto mutismo mientras admiraba la luces de la ciudad. Los primeros rayos de luz le permitirían acceder a la ciudad y así mezclarse con la algarabía del poblacho que estuviese por sus calles. Lo que más dolor de cabeza le producía era ignorar el paradero de su caballo, tal vez su maldita curiosidad hubiese ocasionado el robo o la pérdida de su pobre animal. La verdad de todo ello es que se encontraba sin montura, toda la carga para el viaje, que sus monedas costó. Al menos había salvado su vida de aquellos extraños jinetes que estaban dispuesto a matarlo. En lo alto de árbol aguardó, aún inquieto por lo sucedido, hasta que el alba le permitiese acceder a la ciudad.






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