3#. DOS TRUHANES Y UN CABALLO ENFERMO

Actualizado: 4 feb





Apenas había transcurrido una semana desde que Tesifonte dejó atrás el frío trabajo de palear nieve para escoger peor oficio que incluía robar con nocturnidad pequeños palomares y algún corral que otro. Con ello se hacía de animales objeto de mercadería, no sin antes para uso y disfrute de su propio estómago, siendo muchas las ocasiones en las que la ropa tendida aumentaba el valor del hurto con el que llenar sus bolsillos. Fueron unos días sumamente tranquilos, en los que la mañana se dedicaba al descanso y a la venta del género sustraído la noche anterior, además de los quehaceres de cualquier holgazán de pacotilla. Sin embargo era sorprendente la astucia de los dos compañeros para encasquetar la mercancía de tapadillo a cualquier ingenuo que encontraban por las esquinas; un negocio nada despreciable si lo que se intentaba era sobrevivir al día.


La roñosería de Tesifonte, unido al interés que mantenía por dirigirse al interior peninsular le hizo ahorrar los pocos maravedíes que le sobraban tras el pago de la estancia y el alimento respectivo (quinientos setenta maravedíes nada despreciables que había acumulado). Tesifonte era cauto y desconfiado con lo ajeno y siempre se notaba, pese a la tranquilidad de un hombre curtido en batallas, no permitía que el límite de la confianza traspasase su muro de persona atormentada. Lo que si dejaba claro, en varias ocasiones, era el disfrute con Jerónimo, con el cual las anécdotas diarias se transformaban en bellas carcajadas que hacían olvidar la inmundicia y desesperación, tanto de sus miserables vidas como las de su alrededor. Algún día que otro se emborrachaban ya fuese en la propia posada o con algunos vinos en la tabernas de mala muerte repartidas por extramuros.


Las tardes solían ser tranquilas, si uno permanecía a resguardo evitando que la baja temperatura congelase hasta los mismísimos huesos. Tesifonte y Jerónimo se acostumbraron a mantener la lumbre durante la ingesta del mediodía, a veces entre cuantiosos tragos de vino que al cabo de una hora los dejaba rendidos en la habitación en sus respectivas esterillas. La gran suerte que tuvieron es que aquel tiempo fue tan infernal que pocos se aventuraban a viajar en tales condiciones por lo que, un poco de confianza con el posadero y un par de monedas les permitió que cualquier nuevo visitante fuese recolocado en otro cuarto; al menos Tesifonte se encontraba a gusto así, su nuevo amigo parecía un buen hombre, de corazón puro, liante como él solo, pero ante todo honrado.


Normalmente, cuando llegaban las doce de la noche, hora en la que el alma yacía a las puertas del inframundo, era el tiempo exacto cuando el dúo de aspidos ladrones se aventuraban por las calles de los barrios más modestos para buscar los palomares que la misma mañana habían fichado. Con el tiempo, pese al viento de aquellas noches, el oído de Jerónimo parecía captar a las aves resguardadas en sus refugios. La labor solía ser de varios minutos, algo no muy excesivo. Cuando a Tesifonte le tocaba actuar solía ser rápido: trepaba el muro y se dejaba caer al corral. Con suma rapidez buscaba la escalera de acceso al palomar, acompañado de su impecable sigilo y saco atado a la cintura. Una vez en él agarraba a los pájaros y rápidamente retorcía sus cuellos para ir introduciéndolos uno a uno en la tela. Si había suerte y el corral era un poco más espacioso y hacía a la vez de gallinero, enganchaba a alguna que otra gallina, y si la dicha caía buena o más bien, milagrosa, alguna herramienta o ropa tendida que robaban para lavarla y más tarde liquidarla entre los interesados. Lo bueno de tener a Jerónimo como compañero es que sabía imitar a la perfección la ululación delos búhos y eso ayudaba bastante en el caso de la presencia de algún alguacil haciendo la ronda, algún vecino o hasta los propios dueños de la casa si despertasen. A Tesifonte aquella posibilidad le importaba poco, puesto que ya que cometían un delito grave, siendo encima un desertor, de poco le valdría la honradez. Bien cierto es que si esa situación se llegase a producir, no dudaría en hacer alarde de su daga, aunque por fortuna no había hecho falta. Por otro lado, cuando le tocaba probar suerte a su compinche la cosa cambiaba. Mucho más ágil física y visualmente pero menos sigiloso y cauto que el anterior. No eran pocas las veces que una vez regresaba del corral, su compañero que lo esperaba fuera le dirigía: «eres un tardón»; y es que el sarraceno tenía por costumbre entretenerse hasta el último instante para rebuscar por todos los corrales minuciosamente con el peligro que ello suponía.


Una tarde cualquiera ambos se encontraban en el más absoluto silencio en la alcoba. Jerónimo se encontraba echado a la siesta tras la comida, un simple caldo con alguna patata y palomo. Ahí se encontraba con la cabeza apoyada en su saco, las piernas entrecruzadas y la mano izquierda en el pecho, como si subconscientemente la chulería y la solemnidad hiciesen buenas migas en aquella cabezada. Tesifonte por su parte, sentado sobre la banqueta leía un trozo de papel que guardaba desde sus oscuros tiempos en Flandes. Al parecer una carta de su padre, al que consideraba muerto desde pequeño, le fue remitida desde un pequeño pueblo de Castilla. Unido a tantas penurias y al deseo de buscar tranquilidad decidió desertar en busca de lo que que durante tanto tiempo mantuvo en secreto... su existencia. Lo único por mantener tras y tanto tiempo de ausencia.




«Mi querido hijo,


En mi pesar se encuentran los años que han pasado desde la última vez que te vi, aunque a estas alturas la sorpresa ahondará más en ti por estas letras. Hace un par de meses tuve por aviso la reciente muerte del amor de mi vida y esposa como también fue madre para ti, hijo mío.

Sé que las guerras en Flandes ocupan tu tiempo y te llenan de demonios en la distancia y en la soledad de la vida de cualquier soldado, pero he de decirte que no has de ocupar tu tiempo en la desesperación por la despedida de tu madre, pues un servidor hará que su entierro sea digno.

Desgraciadamente no sé que es peor si ver a un ser querido morir o desesperar en la distancia el no ver crecer a un hijo, oculto desde que tenías tan solo cuatro años del indigno poder que la Santa Inquisición trajo a esta familia, de aquí que de estas letras recibas las disculpas y explicaciones necesarias ante tal agravio, que tanto tu madre como yo sabíamos que marcaría tu vida al crecer sin padre.

He considerado que vuestra merced merece al menos saber la verdad de aquello que ocurrió y rompió esta familia. Ya habías nacido y tu padre tenía a buen gusto disfrutar de la dedicación al oficio de las artes y las letras, cosa al parecer indigna para unos, para otros un mundo precioso como me lo hacía ver tu madre. Pero estas cosas siempre fueron mantenidas en secreto para que las malas lenguas no trajesen la desgracia a nuestra casa […] »





De golpe y porrazo varios huéspedes a la carrera pusieron en alerta a la totalidad del corral. Ambos, extrañados, permanecieron en silencio mirándose fijamente, esperando oír qué demonios ocurría ahí afuera. Allí no eran habituales las celebraciones; todo parecía indicar un tumulto, de manera que los alguaciles vendrían en cualquier momento. Se apresuraron y recogieron todo lo sustraído para esconderlo debajo de una esterilla situada en una esquina oscura de la habitación. Jerónimo entreabrió la puerta y asomó su tez morena para ver qué acontecía en el exterior. La gente se concentraba en la puerta de uno de los cuartos con curiosidad pero al instante se disolvía, algunos de ellos hasta con cara de susto. Estaban tranquilos no venían a por ellos. Sin embargo les picaba la curiosidad de saber que era aquello que atraía el interés de los huéspedes. Tras atrancar la puerta ambos se acercaron al gentío y notaron que nadie se atrevía a cruzar el vano a la par de varios cuchicheos: «está muerto», «dicen que está enfermo», «ahí hay un muerto...».


En el interior, pese a estar entornada la puerta, la toserá de un varón alertaba a los presentes, agregando un sonido palpitante en su garganta, burbujeante incluso. Faltos de discrección la pareja de amigos se abrieron paso entre los curiosos y entraron a la alcoba donde vieron a un hombre completamente pálido con las cuencas de los ojos ennegrecidas y debilitado. Rápidamente ambos con un poco de asombro se taparon boca y nariz con sus mangas. No era de extrañar que aquel hombre que llevaba casi una semana hospedado allí hubiese traído la peste o la viruela; todo parecía apuntar a la primera. Se dirigieron una mirada e inmediatamente se leyeron la mente, sin pausa se metieron a su habitación a recogerlo todo y salir pitando de aquel lugar. Era de esperar que los alguaciles, junto algún cirujano, vendrían de camino a evitar que no se descontrolase la enfermedad; ello suponía que Tesifonte y Jerónimo no iban a tener buen recibimiento. Cualquier sitio, fuese cual fuese el peligro, sería más seguro que aquella sucia posada.


En medio de las callejuelas atestadas de gente yendo y viniendo, ambos compañeros caminaban charlando y sabiendo que el tiempo de la buena compañía había acabado justo allí. Aunque ambos sabían el destino de cada uno, Tesifonte, pese al rápido cariño que le había cogido a su compañero de habitación, era consciente que retrasar más su viaje no servía para nada, más aún cuando había ahorrado lo suficiente para emprender la marcha y hacer acopio de lo necesario para tan largas jornadas de viaje. Jerónimo, por su parte, veía que su tiempo había acabado en la ciudad, pronto la zona de extramuros estaría vigilada y vio conveniente marcharse de allí lo antes posible a probar suerte de alguna otra manera.


— ¿Sabes? Cuando llegué a esta ciudad y entré en aquel cuarto, jamás hubiera pensado que las horas pasasen tan rápido en buena compañía dijo Tesifonte.

— Empezaba a encontrarme a gusto en aquel corral…; pero la comodidad no te da de comer.

Prepararé todo para emprender el viaje mañana hacia Villena, hay mucho que preparar, el camino será largo y el frío pesado.

Guardaré buen recuerdo de esta semana y agradecido por conocer a un buen amigo dijo Jerónimo introduciendo en el saco de Tesifonte un par de patatas, una camisa de cambio y algo de alimento como un par de cebollas, un palomo y una cabeza de ajos—. Suerte con tu viaje.


Ambos con sus sacas al hombro y bien abrigados se abrazaron tímidamente, conscientes que no era una muestra de afecto muy recurrida para ellos, pero los dos sintieron esa despedida con gratitud por los momentos que habían pasado y el apoyo que supuso el uno al otro. Era hora de marchar y tras un fuerte abrazo se dirigieron un emotivo: «espero verte pronto y que nuestra dicha haya cambiado».


Tesifonte, provisto de una pequeña saca, no vio inconveniente en hacer un poco de uso de su pecunia, no sin antes aparejar los bártulos del viaje. Aquella tarde se dedicó a pasear por los campos y siembras de los alrededores en busca de algún caballo barato que aguantase las largas jornadas del viaje que se avecinaban. En la zona periurbana los campos se caracterizaban por una agricultura de secano, de tierra árida poco fertil, de montañas desnudas alrededor. Algún pozo permitía el riego de huertas, escasas sin duda, pero engalanaba un poco aquellos campo secos e interminables. A media hora a caballo se encontraba la famosa Huerta de Alicante, tierra increiblemente fértil y regada por el Monnegre o al que también llamaban río Seco, de la que contaban que tendría más caudal de riego con el futuro pantano de Tibi, embalse próximo a finalizar las obras y de dimensiones no vistas en todo el continente. Tras horas paseando encontró una ganga o por no decir una estafa, aunque Tesifonte no tenía más remedio que conformarse. Compró un caballo de unos quince años por diez reales, un precio asequible e incluso irrisorio para la venta de un equino. Pero aquel era un animal tosco, de patas gruesas y poca fuerza. Según su dueño las opciones eran sacrificarlo o venderlo: «casi ni come y ocupa espacio tontamente». Hace poco compraron otro caballo y no querían correr el riesgo de infectarlo, dado que estos animales de tiro solían ser la herramienta de trabajo y sustento familiar. Tesifonte sabía que con lo de la enfermedad se refería a su estado tristón, pelaje apagado, ojos caídos y esquelético. Observó la herida de gran tamaño en el muslo de la pata izquierda trasera que supuraba y desprendía un hedor insoportable. Poco tardó en meditarlo cuando le entregó los diez reales y marchó con el caballo que andaba cojo y a punto del desvanecimiento.





Aprovechando la tarde se dedicó a pasear por el mercado e hizo algo de acopio de comida. Una docena de naranjas de temporada, unas botas usadas algo cómodas, que ofrecían abrigo a sus pies y al menos no estaban rotas, y un mantón de pelo negro que ofrecía algo de abrigo para el camino. Tras sus labores se dirigió en busca de hospedaje dentro de la ciudad, una posada de dos pisos que era regentada por un matrimonio; el marido hacía de guarda y custodia del salón y la mujer preparaba las habitaciones y hospedaba a los visitantes junto a la ayuda de una de sus hijas. Tesifonte que tenía previsto partir al día siguiente, cuando el sol ya hubiese dado algo de calor, solicitó una habitación, un baño, ropa limpia, algo de comida y un lugar en el establo para su caballo. Cada vez la saca se veía más vacía, pero emprendido el viaje poco más que la comida necesitaría.


Vista la lesión del pobre caballo Tesifonte que, en sus años en Europa había visto todo tipo de heridas, tenía previsto mirarle la herida y curársela, ya que no eran pocas las veces que perder un caballo en plena batalla suponía más de dos o tres hombres valerosos. En el establo a la luz de un par de candiles, a través de cuantas hierbas encontró consiguió sedar como pudo al pobre animal. Tirado sobre la paja el dueño examinaba al detalle al caballo: sus dientes, patas y pelaje. El pobre estaba hecho polvo, esquelético, por no hablar de la cantidad de latigazos y heridas que tenía por todo el cuerpo. No era un caballo demasiado viejo pero si muy maltratado.


La herida era fea, supurante y con mala pinta; tal infección había acarreado la posibilidad de introducir medio dedo índice en la carne putrefacta, pese a los violentos espasmos del animal ahora dormido. La hija de la posadera apareció con un cubo de agua hirviendo y una botella de aguardiente. Una muchacha que no llegaría a las diecisiete años de edad, ojos grandes y oscuros, una dentadura un poco fea, pero un pelo adornado con una única pero voluminosa trenza que llegaba hasta la mitad de su espalda.


— Aquí tiene el agua, algunos paños y el alcohol que le pidió a mi madre —anunció su entrada sorprendida de ver a un hombre tan atento a la labor propia de un albéitar—. Pobre animal, por el tufo no le debe quedar mucho de vida.

— Gracias. No, no tiene buena pinta, pero algo se le podrá hacer.

— Nunca había visto una herida tan fea…

— Como se nota que la juventud corre por ese cuerpo porque de heridas y muertos podría hacer de historias eternidad.


La joven se quedó un rato ayudando a Tesifonte sentada en una butaca admirando la labor de un hombre por salvar a su animal. Tras desinfectar su daga y rozar de vez en cuando la herida en alcohol y limpiarla cortaba la carne podrida hasta que al incidir en el muslo, los espasmos del animal hacían imposible la tarea, pero agarrándolo a unas argollas de la pared, lo mantuvo firme. Tesifonte consiguió penetrar toda la herida y quitar la carne podrida que, al menos era de agradecer que la piel fuera la afectada y no el músculo. Tras un buen desinfectado agarró la aguja y cosió un poco al animal, dejando la herida semiabierta para tapar la herida de ajo picado en mortero y bañado en aceite de oliva. Seguidamente vendó el muslo por completo y palió la sed de la bestia. Si amanecía lo llevaría a que lo herrasen adecuadamente.


Tesifonte se dirigió al catre con cierto pesar por haber malgastado el dinero en el pobre animal, pero si el apaño salía bien no habría impedimento alguno e incluso cuando llegase a su destino, si no moría por el camino, el animal podría servir para arrastrar algún carro. Lo importante era curarlo, tratar de alimentarlo bien y que descasase. Una vez en la habitación se percató de la existencia de un tonel de agua caliente para un gratificante baño. Últimamente no eran muy habituales los baños para él pero decidió darse el capricho. Se desnudó y se metió en la bañera en un placer inmenso de no haber probado tal delicia en casi un año que había estado limpiándose a la intemperie, al frio o al calor, a la vez que con poca intimidad. El silencio era gratificante, notaba como el cuerpo se le relajaba y el olor de la pastilla de jabón le dejaba un aroma pegada en esa piel que hasta hacía minutos olía a verdadero perro muerto. Aprovechó para agarrar un espejo pequeño y acicalarse la barba, recortársela y afeitarse la cabeza.


La puerta se abrió de repente pero Tesifonte ni se inmutó. Era la hija de los posaderos que venía a dejarle una toalla y una manta para la noche, avisándole que no tendrían más remedio que esperar su ropa hasta mañana, ya que con el frio secaba bien poco. Ésta se quedó enmudecida por un momento, ante la pasividad de Tesifonte, tragaba saliva ante lo que le intimidaba aquel hombre de rostro serio. Cuando por su mente ya empezaba a oír el consejo que le decía que era hora de dejar de molestar, Tesifonte abrió los ojos y clavó su mirada en ella, quien sonrió asintiendo con la cabeza.



— Si vos no fuerais tan joven hubiese pedido un poco de jabón en la espalda de este pobre hombre cansado de tanto viaje dijo Tesifonte intentando picar a la jovenzuela—. A cambio de unas monedas claro…

— Ni tan joven ni tan vieja, aquí no son pocos los que quieren que les froten la espalda por la noche, pero claro una no se vende por poco.

— Ya veo ya contestó Tesifonte alargando el brazo a la saca de dinero que había al lado de la bañera y extrayendo de ésta un real.


La muchacha, que tonta no era, cerró la puerta y acercándose con una sonrisa pícara empezó a quitarse el mandil y quedarse en una camisa con botones ligeramente abierta mostrando sus pechos voluptuosos:


— Pero es que aquí el que no se conforma con la carne pasada quiere fresca y eso, tiene más aprecio ¿no cree?

— Sin duda, hija mía, sin duda resopló el huésped que empezaba a mostrarse excitado por la atracción a aquella chiquilla y ante la atenta mirada de ella volvió a sacar otro real y un par de maravedíes.



Ante la predisposición de ofrecer más dinero la joven que, por lo que había oído se llamaba Gloria. Desabrochó sus botones y se sacó una teta ante la sorpresa de Tesifonte quien la intentó tocar, llevándose un buen manotazo y acompañado de una sonrisa. Gloria agarró una esponja y mojándola se arrodilló frente a la barrica frontando lentamente los hombros de Tesifonte, poco a poco sus brazos y pecho. Él comenzaba a tener verdaderas palpitaciones, se removía una vez y otra ante lo caliente que estaba allí dentro, más aún cuando la joven bajó a su entrepierna y restregándose éste se dejó llevar sintiendo como la mano de la muchacha lo masturbaba salpicando el agua por el suelo. Parecía estar acostumbrada a la vieja labor del onanismo con sus visitantes y así ganarse unas monedas, pero parece ser que al ver el falo le apeteció la gratitud de la noche, se quitó el camisón y a base de sentadillas satisfacía al ex soldado que no se creía que los pechos de la joven estuviesen botando sobre su cabeza. Tesifonte que no sabía lo que era una mujer desde que comenzó su viaje se mostraba extasiado, como en una nube de placer conteniendo su orgasmo ante la satisfacción que le producía.


Tras colocar las manos de la fémina sobre la madera de la barrica, penetrándola con duras embestidas, la pareja consumó el fulgor de la velada. Tesifonte que tan reprimida tenía últimamente su vida sexual duró poco. Cayó desplomado al agua, exhausto y agarrándose donde podía para respirar. La muchacha saciada, o eso decía, se vistió y recogiendo sus monedas le deseó buenas noches y un placentero descanso. Una recomendación que no obvió Tesifonte, ya que esa noche entre aquel ejercicio nocturno, el buen plato de comida caliente, una limpieza corporal a fondo y un catre en condiciones recuperaría las fuerzas como ningún otro.







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