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  • erubioaliaga

#1. DESERTOR




El fuego apenas rozaba la olla apoyada sobre sus tres patas, con poco más que las suficientes raciones de caldo para las bocas que se procuraba alimentar. El viento racheado mecía de un lado a otro la lumbre complicando la tarea de preparar una simple sopa compuesta por algunos trozos de pollo, dos puñados de garbanzos, zanahoria, apio y unas cuantas patatas. A pesar de la conocida gastronomía de los reinos peninsulares, donde el cultivo de la huerta de los moros, los productos traídos de las Indias, el comercio portugués y el alimento vernáculo engrandecían la labor de la ingesta con ricos y variados platos. Esa diversidad de productos, los cuales no era difícil encontrar, suponía un desembolso poco viable para una familia humilde. La mayoría del populacho debía conformarse con el sustento más básico que proporcionaba la tierra, con suerte a buen precio si era de temporada y no escaseaban en cantidad, y así resignarse al echarse algo a la boca más autóctono que innovar con pretensiones más universales al paladar, un disfrute reservado para los más pudientes. Aquella señora hacía lo imposible por mantener viva la llama amontonando con un palo las brasas para conseguir una temperatura óptima de cocción en aquel pote, a expensas de verse en la obligación de sacar la mano del abrigo con aquel frío del mes de diciembre, más húmedo de los normal y que aquella semana castigaba la costa levantina.


Al margen del camino un carro y su mula permanecían detenidos, resguardados del gélido viento junto a unos espesos madroños. Por los alrededores ya se captaba el olor a sabroso caldo de pollo. Tesifonte caminaba serio, pero tranquilo recogiendo ramas para contribuir al fuego comunitario y algo de hierba fresca para la bestia. Tras éste hizo su aparición el carrero, marido de la cocinera, que regresaba tras haber hecho sus necesidades más básicas tras una arboleda a escasos metros. Frente a la hoguera se encontraba el matrimonio y su hijo, acompañados del extraño viajero de aspecto serio y temperamento frío con su cabeza totalmente rapada, ya fuese por comodidad o el simple complejo de la calvicie rematada por una perilla inconfundible que maquillaba algo su rostro. Sentados en corrillo y calentándose un poco, agarrados a sus respectivos abrigos, permanecieron mudos salvo aquel par que intercambiaba alguna palabra relativa al desarrollo de la comida, junto a la insistencia del marido por el hambre que ya llevaba aguantando desde el último bocado a media mañana. Tesifonte se manenía callado con la mirada fija al horizonte donde solo era posible ver un manto de nubes negras. La pareja vivía en una pequeña aldea conocida como Santa Pola y volvía de Alcoy tras el casamiento del hermano del marido, este último imposible de hacer callar tras templar su espíritu.


A las afueras de Alcoy fue donde amablemente ofrecieron transporte a un extraño trotamundos en su viaje de vuelta a casa, ya que no modificaban su ruta y teniendo en cuenta que el tiempo no acompañaba Tesifonte, cuya intención era dirigirse a Villena o Almansa para adentrarse en Castilla se veía sin posibilidad de transporte. Unido a su escasa economía vio en aquel matrimonio la oportunidad de dirigirse hasta Alicante, aunque con ello se desviase en gran medida del camino trazado. Si es cierto que nunca tuvo la ocasión de conocer aquella ciudad, de esta manera valoró encontrarse en cualquier sitio mejor que en plena campiña ante la tempestad que pacería avecinarse.


Si no me equivoco en un par de días habrá cambio de año…

Más que el cambio del calendario nos debería preocupar más esas nubes argumentó la señora a la par que desviaba la mirada de las brasas para observar el cielo. Solo pido que no nos pille por el camino.

¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas? preguntó el hijo de la pareja a Tesifonte, un inocente chiquillo de tan solo cuatro años, a quien desde que se unió a ellos no paraba de mirar con cierta curiosidad.

Vengo desde muy lejos, pequeño, donde los inviernos son tan fríos que durante meses una espesa capa de nieve cubre los campos y los veranos son más frescos que en las Españas. Ahora vuelvo a mi hogar, me gustaría visitar a mi padre, hace años que no lo veo.

¿Y por qué has estado tan lejos de casa?

Justo cuando hubo un silencio incómodo por la insistencia del crío, el padre molesto con la criatura, le asestó una solmene colleja callando al párvulo e indicándole: «no se pregunta tanto a la gente que no conoces», a lo que prosiguió la conversación con el viajero:

Perdone, pero ya sabe como son los niños. Aunque él no lo comprenda, por las cicatrices de quemaduras de pólvora en su mano supongo que es soldado y vuelve a casa.

Supone bien…

Habrá tenido un largo viaje prosiguió el carrero con cierta empatía por las agonías que la guerra hacía pasar a los hombres lejos de su hogar—. No se preocupe porque al atardecer llegaremos a Alicante, si esa tormenta no nos desgracia antes, claro.


No hacía ni un año aquel individuo, que ahora compartía comida con una familia a orillas de un camino, desertó de los Tercios que luchaban en Flandes. Recorrió el famoso Camino español que los reyes se esforzaban por mantener en posesión española desde el ducado de Milán hasta la propia Flandes, una vía perfecta para las tropas y el abastecimiento comercial de los territorios afines a la corona en el centro de Europa. Bajo pena de muerte ante tal tropelía se vio obligado a pasar desapercibido bordeando el camino para evitar que un soldado español huido fuese descubierto. Durante diez meses vivió en la penumbra de la sociedad centroeuropea, arrimándose a la mejor sombra que aquel momento le permitía sobrevivir, hasta su llegada a Génova donde hallar una mejor vía de escape. Evitando registros innecesarios y con ello gozar de un viaje más bien tranquilo decidió embarcarse en el puerto genovés de La Spezia. Aunque se trataba de un puerto pequeño, si tenía cierto trasiego comercial por las costas de la península italiana, las aguas del Mediterráneo occidental y, por supuesto, Aragón. Pasar inadvertido era difícil pero un mercader genovés se ofreció a embarcarlo hasta la costa aragonesa. En principio un encargo menor lo llevó a atracar en Denia liberando con ello algo de mercancía para más tarde dirigirse con la práctica totalidad de la bodega hasta el puerto de Valencia. Era obvio que Tesifonte para evitar problemas mayores decidió pisar tierra en Denia, eso sí previo pago por la travesía que no fue poco, pues andando vacío de riqueza alguna en los bolsillos se vio obligado a vender su espada ropera, unos guantes de piel y un pequeño guarda pólvora por si las cosas se ponían feas, aunque la única finalidad de aquel recipiente era el de sacar unas monedas al no disponer de arma para su disparo, así pues más que un bien a tener en cuenta suponía una carga innecesaria en aquellos momentos.


Terminada la breve ingesta, los cuatro viajeros volvieron a subirse al carro para emprender de nuevo la marcha. El matrimonio permanecía en la delantera guiando la mula mientras Tesifonte y el chiquillo tomaron asiento en la parte trasera, entre el poco espacio que dejaban algunos trastos del viaje y alimentos que aprovecharon para comprar en Alcoy antes de volver a su hogar. El antiguo combatiente no pretendía parecer grosero ni infundir miedo a nadie, así que echó mano a un buen puñado de paja del carro empleado como sustento de la mula y con cierta maña le hizo un muñeco de paja al crío. Con una sonrisa Tesifonte le dio el muñeco y afectuosamente frotó su pelo. Todo ello observado por la madre que permanecía en la delantera alegrándose de al menos tener un buen pasajero de vuelta a casa. Pese al frío y al molesto traqueteo del carro por aquel camino, tanto la criatura como él echaron una pequeña cabezada, ya que pese a la escasa ingesta si bastó para dar un poco de somnolencia.


Tras un par de horas la mujer le despertó anunciándole la llegada a las inmediaciones de una pequeña confluencia de caminos agrícolas y, junto a ellos, apenas a unos doscientos metros se encontraba una agrupación de no más de una veintena de viviendas humildes y algunos almacenes en la zona de extramuros. Con gran solemnidad éste se despidió de ellos agradeciéndoles el viaje y la compañía, al igual que al niño, deseándoles que tuviesen buen viaje y no les pillase el mal tiempo. De nuevo agradecido le posó un par de maravedíes al marido y junto con su saca emprendió la marcha adentrándose por la barriada de San Antón y acceder así por la Puerta de la Huerta hasta alcanzar la ciudad a través de la muralla exterior y percatarse de la fortaleza a la que llamaban Santa Bárbara, que se erigía a gran altura por el cerro que bordeaba la población. Tesifonte nunca había visitado Alicante, aunque si había oído el potencial de aquella urbe. Decían de ella que su puerto no era nada despreciable, sin compararse con los del Puerto de Indias en Sevilla, en menor medida el de Cádiz, al igual que por su cercanía con el de Valencia, pero la notoriedad del puerto alicantino le venía por la cercanía con el Reino de Castilla, cuyos límites se encontraban a no más de un día a caballo. No era de extrañar el trasiego de gente por sus calles y el movimiento comercial que tenía. No obstante aquel puerto pese al movimiento en los últimos años su balanza acabó por ser deficitaria. Las guerras contra los franceses, las contiendas en Flandes o el norte de Italia, así como algunos de los príncipes alemanes limitaban en gran medida la cantidad de exportaciones, siendo superado por creces por la importación de productos. Era natural que desde Castilla llegasen carretas cargadas de multitud de fardos hasta el puerto con destino a Europa, todo el mundo era consciente de la calidad de la lana castellana para la confección textil, pero no solo quedaba ahí, pues la tipología de las mercancías se hacía más variada si se contaban otras variedades de vino del interior, herramientas, cerámica, aceite de oliva o cargas de cereal, unas veces destinado a los pósitos municipales y en otras ocasiones para la venta directa. Aquella ciudad muy cosmopolita sin lugar a dudas parecía tener un puerto en condiciones, pero donde las autoridades locales habían invertido poco para convertir a Alicante en una villa pese al trasiego comercial que tenía.






Sus pies le llevaron hasta el centro donde podía divisar multitud de adinerados paseando, unos acompañados de sus esposas y otros con amistades de su misma índole, lo que no extrañaba a Tesifonte ya que los ricos nunca se aventuraban a cruzar la muralla y dignarse a echar un vistazo por las barriadas de extramuros y, menos aún, andar con malas compañías o gente de distinta condición social. Paseaba mientras admiraba el gentío que transitaba de toda clase social, incluso una decena de monjas que en filas de a dos caminaba hacia el centro. Por allí se encontraba una multitud de barricas transportadas en carros, las cuales portaban el sello de la familia Pascual conocidos en Alicante por el buen vino dulzón que cultivaban en sus huertas, el vino Fondillón, nada despreciable y de increíble sabor. Cuanto más caminaba hacia el centro de la urbe muchas de las casas de adobe y mampostería se despojaban de ese color blanco de cal o terrosas hacia un aspecto más sobrio, grisáceo de piedra bien hilada y con algunos soportales, dobles alturas e incluso toques de madera en unas fachadas bien cuidadas. Parecía haber gente de todas las clases abarrotando las calles, pese al complicado tiempo para quien estuviese a la intemperie. Sin embargo, la mayoría ya trataba de concluir sus labores y buscar cobijo antes que esas nubes tan cargadas trajesen una abundante lluvia. La gente pudiente lo tenía más fácil apurando las horas y dirigiéndose a sus hogares mientras que los labradores, forasteros o simples mendigos corrían debido al largo camino que aún les esperaba. Le llamó la atención con aquel trasiego y la premura de la gente, también había tiempo para pararse en un pequeño teatrillo junto a unos puestos ambulantes de carreros frente al cabildo en dirección al puerto. Aquello parecía entretener a la gente. Dos jóvenes vestidos con caretas y unos trapos que portaban unas espadas de madera al tiempo que contaban historias ensalzando a un enano al que apodaban «el caballero de Flandes», por cuya espada habían pasado más de mil cabezas, pero éste haciendo alusión a su lado cómico no hacía más que caerse provocando la risa de los espectadores, al fin y al cabo, era su manera de ganarse la vida. Demasiada gente había visto en aquella población para que se dijese que Alicante tenía unas cinco mil almas, cosa que le parecía poco, pero no era de extrañar que la gente de extramuros, los visitantes de la huerta y los comerciantes engordasen aquella cifra.


Cercano a la zona del puerto parecía que la liza de la antigua muralla había sido aprovechada para situar almacenes, talleres o algún tipo de espacio destinado a la actividad portuaria. Lo más llamativo era ver desde la línea de costa su castillo, al que llamaban la Fortaleza de Santa Bárbara y que Alfonso X el Sabio conquistó a los musulmanes, aunque más tarde Jaume II la tomó en posesión en favor de los aragoneses. Al parecer el rey Felipe II había comenzado años atrás una remodelación del castillo que había durado al menos una veintena de años. La ciudad sufría constantes ataques berberiscos que asolaban las huertas, cosa que no dejaba exento a su comercio y ciudad. Tanto problema hubo y tal miedo causan que se sabía que los piratas deshacían todo aquello a su paso, lo que hizo que la población acabase por reclamar un mejor refugio. El castillo fue mejorado para dotarlo de mayores defensas. De oídas el nuevo visitante supo que el rey había construido un cuartel y unas dependencias en condiciones que, dada la altura donde se situaba el castillo con respecto a la costa y con unas murallas tan bien cuidadas, los cañones desde la altura, sin duda limpiarían a cualquier enemigo frente a las costas.


Visto que la caída del sol estaba próxima, sin perder mucho el tiempo, Tesifonte fue en busca de algo para echarse algo a la boca y calentarse un poco y, más tarde buscar cobijo para pasar la noche fría que se avecinaba. Una taberna atestada de gente fue el lugar indicado donde sentar su trasero un buen rato. Un establecimiento muy humilde con un porche que, si no hubiese sido por su chimenea exterior nadie aguantaría aquella rasca. Entre lo que pudo zampar y la jarra de vino que acabó en su estómago, éste se acomodaba cada vez más a la vera de la chimenea, donde no eran pocos los que apuraban las horas antes de dar por terminada la tarde. Pese a la fortaleza de un tenaz soldado, Tesifonte poco pudo hacer contra las embestidas del sueño y acabó por acomodarse lentamente entre la esquina del banco y la chimenea hasta caer derrotado del sueño.



***


El silencio se apoderó de los alrededores bajo una atmósfera lúgubre y vacía. Tras voltearse una neblina envolvió aquel lugar en cuestión de segundos, humo pestilente y familiar de olor a ceniza y podredumbre. Los estruendos de los arcabuces se escuchaban a lo lejos en una extensa campiña difícil de reconocer por la espesa niebla que dificultaba la visión. El agua de aquel terreno, empantanado por las intensas lluvias, ya calaba en sus botas percatándose de una campo de batalla plagado de cadáveres, inmóviles, en su mayoría muertos, dejando evidente que más que un prado se convertía en un cenagal de vísceras, gritos de socorro donde la sangre se mezclaba con el lodo. Caminaba hacia lo que parecía un cúmulo de gritos y disparos, prefiriendo aquel fragor digno de cualquier infierno terrenal al de un cementerio al aire libre. Continuó a duras penas hacia aquel punto mirando al suelo por si había algún conocido entre los fallecidos, desde atrás y por sorpresa una mano agarró su pie con violencia. Al girarse asustado vio a su amigo y compañero de filas Cristóbal Muñoz, un soldado navarro con el que compartió trinchera. «Tesifonte, Tesifonte…», aquella alusión se repitió varias veces hasta que una explosión en las cercanías lo tumbó. Quienes yacían sobre la hierba, fallecidos aparentemente, lo agarraban por cualquier parte hasta ser rodeado por una veintena de manos que salían del suelo. Aturdido e intentando zafarse contempló la pálida cara y ensangrentada de Cristóbal, a causa de un disparo que le destrozó medio rostro. Éste observándole fijamente le agarró del cuello y gritó «¡levanta!», despertándolo al instante.



***




Tal despertar tuvo que, del pánico producido por aquella pesadilla, se vio agarrando del pescuezo al posadero. La vergüenza pudo con él, quien al instante pidió disculpas alegando que había tenido una desagradable fantasía en su breve letargo. El posadero colmado de paciencia advirtió que se marchase porque ya solo quedaban los que dormían en el interior y el forastero, algo somnoliento todavía, pudo ver como hasta el fuego se había consumido. Ante la falta de oportunidad de calentarse Tesifonte no valoró otra opción que pedir hospedaje, pero al enterarse del precio y calcular las pocas monedas que llevaba en su saca estimo la idea de buscar alguna que otra alternativa para pasar la noche y así destinar el gasto en comer un par de días, por lo que decidió retirarse resignado y muerto de frío, adentrándose por las oscuras calles de Alicante. La gentileza del posadero era digna de alabar, quien viendo que no tenía muchos recursos, le aconsejó dirigirse a extramuros donde por poco conseguiría un sitio donde dormir, incluso si lo deseaba compañía a buen precio, advirtiéndole que «en aquellos lupanares la diversión siempre se paga con males y pecados al que tome por costumbre yacer con las fulanas de extramuros».


Dicho aquello el viajero marchó serio en por una de las calles principales donde se ubicaba el Hospital de San Juan de Dios en dirección al acceso suroeste del lugar con su único acompañante que el viento que recorría las callejuelas haciendo de las suyas. Ni un alma en el exterior y la tempestad oscureció los alrededores por completo apagando la mayoría de las antorchas que hasta hacía unas cuatro horas hacían su función para acompañar con algo de penumbra los ciegos ojos de la noche. A su paso hacia la Puerta de Elche, entrada que comunicaba con el camino en dirección a Elig o Elche, tal y como los castellanos la denominaban, el acceso ya se divisaba a lo lejos por las innumerables luminarias en los alrededores de la puerta, su torre y una parte de la muralla aledaña, junto a la pequeña garita de los soldados que controlaban las entradas y salidas, en aquel momento arremolinados a causa de la gélidas temperaturas. Siguiendo su rumbo un ruido sorprendió a Tesifonte que rápidamente se percató de la repentina aparición de un vecino, cubierto en su totalidad bajo una manta de pelaje espeso. Abrió la puerta con ímpetu para dirigirse a su carreta y retirar el toldo que la cubría para evitar su rotura con aquel tempestuoso viento. Ambos tan solo se dirigieron un par de miradas, entendiendo rápidamente que no era ni hora ni lugar para perder tiempo.


Apenas cinco minutos después se encontraba en una pequeña explanada, donde las calles se hacían más anchas y rectas y desembocaban en el acceso de la muralla exterior. Con pocas ganas de entretenerse encaminó sus pies hacia la salida que conectaba con el arrabal más próximo en busca de algún lugar donde descansar. Al cruzar la garita los dos soldados habían roto la guardia e improvisado una hoguera cerca de la puerta, donde ambos se evadían con la llama y aparecía, de vez en cuando, algún que otro compañero encargado del adarve rompiendo su labor de vigía para calentar sus manos. Mordiéndose la lengua Tesifonte prefirió no pronunciar palabra para no buscarse problemas, pero al cruzar el muro refunfuñó para sí mismo: «si su majestad viera lo blandos que son sus infantes seguro los hubiera mandado a probar el asqueroso frío de Flandes». A pocos metros del arrabal de San Francisco, en algunas esquinas pese a la oscuridad, el sonido de las desgastadas botas del forastero ahuyentaba a algunas ratas que aprovechaban la calma de la noche para buscar comida por cualquier recoveco. Tras recorrer durante más de media hora las callejuelas, falto de suerte y sin afán de molestar a ningún vecino a altas horas de la noche, unos pasos captaron su atención y a lo lejos la figura de una persona con la que acabó por cruzarse. Aunque fuese a toda prisa, la pregunta de Tesifonte sobre donde podría dormir en algún sitio que no fuese de muchas monedas, a poder ser un sitio caliente detuvo a aquel transeúnte. Con suma rapidez como si el viandante estuviese acostumbrado a ello le indicó un corral viejo al fondo, el cual hacía de techo a todo aquel que no dispusiese de mucha plata pero avisó que era un lugar de toda la calaña habida y por haber. Agradecido continuó el camino marcado huyendo de aquel intenso frío y una vez allí comenzó a llamar insistentemente a la puerta. Tras unos minutos un hombre entreabrió la puerta preguntando a que se debía la insistencia y su interlocutor al otro lado le explicó que buscaba un lugar donde dormir y calentarse a cambio de dinero. El dueño rezumando una peste a varios metros permitió su acceso con el aviso que allí no se servía comida y todas las estancias habían de ser compartidas: «el que quiera fuego que coja la madera del corral». Al que pretendía ser su nuevo huésped le pareció un hombre descortés, pero viendo la pestilencia que había en el ambiente, la poca limpieza del lugar y el estado ruinoso de la casa no le quedaba otra que aguantar. En cualquier rincón de Europa se sabía que la península era tierra de viajeros y culturas provenientes de los lugares más insospechados y que no distinguía entre clases sociales, acostumbrados a recorrer noche y día Castilla, Aragón y su vecina Portugal en periplos donde encontrar desde peregrinos, comerciantes, literatos, nobles, clérigos o familias en busca de trabajos decentes con los que poder vivir bajo un techo y alimentarse con poco. Tal era la urgencia que los viajeros, en ocasiones debido a la condiciones climáticas, la fatiga o a la simple caída de la noche debían parar en la travesía. La oferta donde hospedarse era muy variada pero difería mucho en precio, trato y comodidad del lugar. La tipología en estos casos era tan diversa que quien tuviese más poder adquisitivo podía hacer noche en una fonda, un establecimiento más cuidado y de mayor calidad, mientras que en las propias ciudades existían otros espacios como las hosterías, mesones, paradores o posadas, de un estrato social más humilde y generalmente con servicios básicos y precios medios. Si el viaje obligaba a realizar una parada en mitad de la nada, es decir, en zonas rurales o completamente despobladas, era necesario buscar una venta donde en la mayoría de ocasiones se complementaba su actividad con labores agrícolas y ganaderas. Sin embargo aquella variedad no se quedaba allí, sino que también existían espacios para aquellos que rozaban lo miserable de la sociedad y con unos cuantos maravedíes podían disponer de un cuarto sucio con chimenea donde pasar las noches frías. Generalmente se trataba de edificaciones humildes de origen agrícola donde fuera de las murallas se guardaba al ganado. Con el tiempo al formarse los arrabales exteriores y abandonar la actividad ganadera, algunos de esos propietarios vieron la oportunidad de invertir algo en acondicionarlos para albergar viajeros pobres que no podían permitirse pagar una estancia dentro de la ciudad, por lo general a puñados sobre todo durante los inviernos y épocas de lluvias. Aquellos corrales o casas viejas eran lugares donde cualquiera podía hacer noche, famosos por frecuentes tumultos, robos y algún duelo que otro, que bajo la expectativa de un lance por honor tan solo acababan por convertirse en vergonzosas disputas entre borrachos.


Con un precio de siete maravedíes el día, viendo de lo que disponía en su pequeña saca prefirió pagar tres días por adelantado teniendo en cuenta que su estancia podría alargarse. El dueño lo acompañó al cuarto a través de un corral a cielo abierto plagado hierbajos, desperdicios que no tenían mucha pinta de barrerse en meses, tejas caídas y muros que habían perdido la cal hasta desnudar la tierra y piedras del tapial. Con solo un vistazo Tesifonte consideró que no era un buen lugar para hospedarse durante un largo tiempo, pues como siempre se decía «vista la casa, visto el amo». Aquel hombre le señaló que al fondo del edificio había un pequeño patio de tierra donde podía hacer sus necesidades y dos aljibes a los extremos del corral por si la sed apretaba. Al llegar a la entrada abrió la puerta encajada por la humedad y ambos accedieron a su interior.


Aquí es donde te puedes quedar. Éstos no suelen liarla mucho, espero que tú tampoco —dijo el dueño señalando a lo que parecían dos seres humanos arropados, por lo que sin nada más que añadir y habiendo recibido el precio estipulado se fue cerrando la puerta con cierto desinterés.


Una vez terminó de echar un vistazo rápido a aquel deprimente lugar observó la estancia y a dos hombres recostados. Uno de ellos parecía roncar desde lo más profundo de sus fosas nasales hasta producirle una asfixia momentánea que remataba con un sonoro soplido de aire en forma de pompa, por el contrario, el otro entreabrió los ojos por la entrada del nuevo huésped en aquella estancia. Tesifonte le dirigió un «buenas noches» y sin más preámbulos desenvolvió su manta, agarró la esterilla sucia y la espolvoreó cerca del fuego para que las pulgas muriesen abrasadas. Se preocupó por echar algo más de leña para calentar el ambiente y se tumbó al instante a descansar, no sin antes atarse su saca a las piernas por debajo de la manta y su daga empuñada, por si la noche jugaba malas pasadas porque se sabía que en lugares de pendencieros, la cautela y los mil ojos nunca estaban de más. Al cabo de unos minutos cayó en un plácido sueño, gracias al sosiego que le brindaba el sonido del viento entrando por las rendijas de los vanos y, al menos, permitía ventilar la estancia.







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